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Votar por la independencia (del miedo y la intolerancia)

El referéndum no es ilegal. Ni las detenciones de cargos electos, ni la intervención de la Fiscalía, ni el desembarco policial en Cataluña lo hacen ilegal. Afirmar que es ilegal sería como asumir la legitimidad de un organismo absolutamente politizado y caduco, como el Tribunal Constitucional (TC), y comprar acríticamente el relato interesado de determinados medios de comunicación estatales. Que el TC haya suspendido el referéndum, no implica su ilegalidad, implica una suspensión que no ha sido reconocida por la Generalitat. Lo que preocupa, pues, y es razonable que sea así, es si en estas circunstancias podrá ser efectivo. Si servirá para resolver el conflicto político que vive el país. Si realmente, al cabo de 48 horas y a pesar de la situación de excepcionalidad en que vivimos se podrá declarar la República Catalana, tal y como dicta la también suspendida Ley de Transitoriedad Jurídica si gana la opción del “Sí”. O mejor dicho, si en caso de que se proclame, existirá reconocimiento internacional.

Sea como sea, una de las decisiones más importantes del país llega en unos días sin que ninguno de nosotros –ni los del “SÍ”, ni los del “NO”, ni los del “depende”– hayamos podido asistir a ningún debate. Con la autonomía intervenida y con los cuerpos policiales haciendo horas extras en nuestras calles, el debate ha terminado girando alrededor de si se podrá, o no, celebrar el referéndum, más que sobre las virtudes o debilidades de una eventual independencia. Hay quien se había imaginado este momento apasionante de la historia rodeado de argumentos y de ideas. De matices. De contrastes. De datos. De personas relevantes de la economía, la seguridad, la ecología, la cultura, el deporte o la política haciendo campaña en favor de las diferentes opciones. No. Ninguna televisión pública, ni privada; ni ningún equipamiento de ningún tipo, acogerán este tipo de foros.

La falta de un debate profundo, complejo y neutral, sin embargo, no se debe, únicamente, al despliegue policial en Catalunya. Sabíamos que sería así desde hace tiempo, si finalmente la vía elegida para llegar al referéndum era la unilateral. En la unilateralidad se movilizan, sobre todo, los convencidos. La mejor campaña del NO –tal como han hecho PP, C’s y también un PSOE absolutamente desdibujado- es relacionar el voto con la ilegalidad, es decir, con el miedo. Los partidarios del ‘NO’ no tienen ningún aliciente para acudir a las urnas, ni tampoco tienen voz en ninguna campaña. Es poco atractivo salir al terreno de juego si antes ya te han advertido que el partido no será válido. Sencillamente los del “NO” ganan si ese día hacen cualquier cosa menos votar.

Ante esto, hay quien dirá: “Ok, muy bien, ¿y que teníamos que hacer los independentistas, esperar décadas hasta que el Estado avale un referéndum acordado y vinculante?” Y tienen razón. Es legítimo que el independentismo, frente a las múltiples negativas del Estado de negociar nada, opte por la vía unilateral, entre otras cosas porque tiene la suficiente mayoría parlamentaria como para hacerlo. Y muchos de los que no creemos que esta sea la mejor vía, nos sentimos en la responsabilidad moral de contribuir mientras las posibilidades de “hacerlo bien” sean objetivamente lejanas. Sin embargo, parece lógico pensar que las circunstancias de excepcionalidad en las que se celebrará el referéndum -si es que lo podemos llegar a celebrar— dificultarán la concurrencia por igual de las partes; dificultarán la lectura que se hará del resultado; y sobre todo, dificultarán su aplicación.

¿Qué hacer, pues, de cara al próximo domingo, con un referéndum legítimo, pero suspendido, y con los Mossos bailando sardanas alrededor de los colegios electorales? La respuesta, para mí, es clara: salir masivamente a la calle, papeleta en mano. E intentar votar. Votar sí, votar en blanco o votar no; pero intentar votar. A pesar del miedo que nos querrán infligir y aunque sea driblando agentes. Participar del 1-O es hoy el mejor ejercicio de soberanía que tenemos como pueblo. Y uno de los principales problemas que tiene el gobierno de Rajoy y que lo puede llevar de donde no debería salir nunca: la oposición. Por lo tanto, hay que salir a la calle y hacer compatible el voto con una movilización masiva contra la oleada represiva del Estado. Sin duda, lo que no ha conseguido estos meses el independentismo, como lo era ensanchar su base social; lo ha conseguido con creces la estrategia autoritaria del gobierno popular. La reacción del mundo estudiantil, sindical, cívico y vecinal ha construido un amplio y diverso bloque democrático dispuesto a convertir el 1 de octubre en una enorme enmienda a la totalidad del Régimen del 78. El debate ya no va, solamente, de independencia. Entra en juego la dignidad colectiva de un pueblo acostumbrado a luchar y, también, la defensa de los derechos y las libertades vulneradas en los últimos días. Y por lo tanto, todo apunta a una alta participación con ramificaciones también más allá del Ebro.

Muchos saldremos a la calle convencidos de que el 1-O no es sólo una oportunidad para Cataluña, sino para el conjunto de pueblos que hoy conforman España. Muchos que discrepamos del “independentismo mágico”, o que vemos con desconfianza como la derecha neoliberal catalana ha abrazado el independentismo, entendemos que el 1-O puede ser la palanca de un cambio más amplio y en clave constituyente, también, para el resto del territorio. El estímulo para activar una sacudida que rompa el candado del 78. Muchos creemos que hoy una relación de igualdad entre los pueblos y el gobierno central ya no es posible con el modelo autonómico; y que es necesario un nuevo estatus de convivencia. Lo cual no va de la mano con romper los lazos que nos vinculan con el resto de ciudadanos con los que compartimos memoria, luchas y poderosos adversarios en común.

Y, como decía en el título, muchos también saldremos a la calle a pedir la independencia de la intolerancia. La intolerancia del españolismo más anacrónico que anima con cánticos mononeuronales los Guardia Civiles que vienen armados hasta los dientes a Cataluña; y también de la intolerancia de parte del independentismo que etiqueta de buenos o malos catalanes en función de su grado de patriotismo. ¿De verdad queremos hacer un país en el que personajes de la trayectoria y compromiso de Serrat (en cultura), Évole (en periodismo) o Coscubiela (en política) sean nuestros sospechosos habituales? Por qué si es esta estrechez de miras la que debe regir los fundamentos de la nueva República algunos nos perderemos por el camino. A muchos nos preocupa que el nacionalismo español y una parte del independentismo –el más sectario y que traiciona su raíz más popular- tengan puntos de coincidencia. Curiosamente, a ambos extremos les interesa mucho la España monocolor y cavernícola del “oe, oe”, y muy poco la fraterna que se ha movilizado en favor de la plurinacionalidad y del derecho a decidir.

De este mundo binario, tendente al pensamiento único, con alergia al diálogo y a los matices, muchos también nos queremos independizar. Cerrar los ojos ante estas sensibilidades solidarias es cerrar los ojos ante la mejor versión de los pueblos e hipotecar la posibilidad de unas alianzas necesarias para seguir soñando a partir del 2-O.

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