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Una conversación con la ‘Marca Barcelona’

Antoni Vives se expresa con contundencia. A veces intimida y todo. Su lenguaje verbal, y también el no verbal, están a medio camino entre la firmeza y la brusquedad, siempre con un envoltorio de extrema cordialidad que suaviza las situaciones tensas.

Mantener una conversación con él y tratar de ser incisivo no le incomoda. Diría que incluso le motiva. En parte, porque está convencido de lo que hace. Lo que puede estar motivado o bien por un gran concepto de las políticas que desarrolla -y de sí mismo-; o bien por ignorar el enfado que se respira a pie de calle en cada vez más barrios de Barcelona. Una Barcelona que a pesar de los yates de lujo, los premios internacionales y, en definitiva, del supuesto éxito del turismo -es la cuarta ciudad europea más visitada y tiene uno de los puertos más importantes del mundo- sigue teñida de contrastes y de una desigualdad ofensiva [aquí un buen retrato de esta realidad].

Cuando a Vives se le pregunta por el turismo tiene la virtud de llevar la respuesta al terreno del IVA y acabar responsabilizando a Madrid de que los efectos que genera en la ciudad no sean lo suficientemente redistributivos. Cuando se le habla de nueva política o del agotamiento del viejo modelo de participación ciudadana, arquea la ceja y pide, por favor, que cada uno asuma su rol en la sociedad. Compara Franco con Durruti para poner bajo sospecha los anhelos de los movimientos asamblearios de decidir sobre cada vez más aspectos de la vida pública. De hecho, cuando se le recuerda el rechazo vecinal hacia proyectos liderados y mimados por él, como el Plan Paralelo, la reforma de la Diagonal, o la del Port Vell, hace un ejercicio de reduccionismo y termina hablando de grupúsculos, de pseudopopulismo y de demagogia. Incluso hace un diagnóstico tan atrevido como sesgado: insinúa que detrás de la organización ciudadana y la presión popular está la mano de supuestas estrategias de partidos.

Vives, en un moment de l’entrevista concedida a Catalunya Plural / Enric Català

Después de pasar una hora de reloj con Antoni Vives pienso que no es verdad que sea un cínico. Y no es cierto que desconozca la realidad. Sabe perfectamente los riesgos de sus políticas, pero tiene esculpido en la frente el modelo de ciudad que quiere. Y es otro. Simplemente tiene otro concepto del éxito y del progreso de la ciudad, evidentemente muy alejado del que tienen los colectivos sociales y vecinos que luchan, desde los barrios, por una ciudad más justa. Más amable. Más solidaria. Más sensible. Y más auténtica. Tiene otro concepto de la vida en común y, seguramente, de la igualdad de oportunidades.

Los sistemas de valores no son criticables -o sí, pero vamos, cada uno es libre de creer en lo que le dé la gana-, pero sí lo son las consecuencias de las acciones, sobre todo las de los responsables públicos. La desigualdad, los procesos de gentrificación en los barrios populares, la pérdida de espacio público o la sustitución de la memoria colectiva en beneficio de la rentabilidad económica sí son criticables. Los vecinos decidirán si se ha gobernado en beneficio de la Barcelona de postal o si se ha escuchado lo suficiente una ciudad que se aferra, a pesar de todo, a su identidad.

Comentario hecho a propoósito de la conversación con Antoni Veves en Eldiario.es [consultar aquí].

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