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Cárceles de lujo vs. libertad precaria

Tras el triplete de lecturas que acabo de degustar sobre nuestra querida profesión —Hem renunciat al periodisme, de Anna Bonet; A l’abordatge, de Roger Palà; y Abordant la precarietat, de João França— es inevitable no sumarse al carro de la reflexión. Para ello, recupero una frase que, recientemente, me regaló uno de aquellos profesores de quien uno guarda un especial recuerdo y con quien se puede mantener una relación de igual a igual una vez finalizados los estudios. Decía así: “puedes vivir acomodado en una prisión de lujo, o salir a la calle a ejercer tu libertad precaria”.

El concepto es gráficamente poderoso y verbalizaba la inquietud que, desde hace años, convive con muchos profesionales que desfilamos por esta frágil línea divisoria. Soy de aquellos periodistas —cosecha del 84— que cubrió la crisis desde la aparente comodidad de la redacción hasta que la magnitud de la situación derrumbó los débiles muros que, creíamos, nos protegían. La crisis sistémica, además, se puso de acuerdo con una crisis de modelo que ha alterado la lógica emisor-receptor y, entre una cosa y otra, todavía ahora es un misterio averiguar cómo será la práctica periodística del futuro.

Cartel que me hice hacer durante mi exilio argentino, hoy hace un año

Lo que es y será inegociable, sea cual sea el modelo, es la esencia del periodismo. No quisiera trazar ninguna línea maestra de lo que es o lo que no es periodismo, allá la libertad de cada compañero, pero soy de los que ha esculpido su propia imagen de la profesión alrededor de referentes como Montalbán –por cierto, se cumplen 10 años de su muerte— o Huertas Claveria. Denunciar las injusticias, sospechar de la versión oficial –y sobre todo del silencio oficial— dar voz a los que más lo necesitan y, en definitiva, ser incómodo al poder es lo que afortunadamente sigue dando sentido a este oficio para muchos compañeros. El resto de interpretaciones son válidas y hay que asumirlas, sobre todo cuando el alquiler llama puntual a la puerta. Pero no me sirven para cumplir con lo que, de pequeño, me enseñaron en casa: poder ir a la cama con la sensación de haber contribuido a mejorar las cosas.

La lógica empresarial de los medios privados y la presión política vía subvención en los públicos le hace permanentemente bulling a la profesión. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que todos los compañeros y compañeras que trabajan en medios grandes sean serviles cómplices de esta situación. Como dice João, también en “las redacciones ‘gerontocráticas’ están llenas de grandes profesionales que en su día a día consiguen hacer huecos para lo que es importante”. Pero los criterios que marcan lo que sale y lo que no en portada no tienen nada que ver con los que nos enseñaron o con los que comentaba en el párrafo anterior. De hecho, a veces tengo la sensación de que esta misma militancia del periodismo desobediente y combativo es la que nos aleja del mercado laboral.

El futuro de la profesión está en nuestras manos y, posiblemente, para recuperar la esencia deberemos ser originales y, sobre todo, valientes. Como lo han sido en los últimos años diversas iniciativas que han emergido como nuevas fórmulas de periodismo. Propuestas estimulantes, algunas jóvenes y brillantes y que, por qué no, pueden ser la punta de lanza de una alternativa al polarizado poder mediático. Desde los medios sociales y portales alternativos hasta grupos de profesionales críticos, pasando por cierta prensa de proximidad o veteranos maestros que vuelven a dar guerra. Me gusta pensar que las grietas de esperanza actuales pueden iluminar el camino que mañana nos lleve hacia otro paradigma mediático.

Para terminar, cito la “flota de barcos de periodistas-pirata, abordando en masa y por sorpresa las gerontocráticas redacciones de los medios de comunicación de Barcelona” que describe con lucidez Roger Palà. Me anima y me interpela directamente y, como a João, me ha robado una sincera sonrisa. Yo me los imagino como valientes abanderados de la libertad precaria desde la que escribo. Pero hay otros piratas a los que hay que prestar atención. A veces, incluso, van vestidos de veteranos editores que desde su poltrona contribuyen más o menos intencionadamente a precarizar nuestro mercado laboral y a limitar nuestra libertad de prensa. Y no me refiero, obviamente, a los que emprenden nuevas propuestas y hacen lo imposible para obtener recursos. Me refiero a los que viven apoltronados, que exigen más que escriben y que, cuando lo hacen, se les tiene que rehacer medio texto. No permitamos que hagan de nuestro silencio su coartada. Denunciemos las injusticias, que es lo mejor que sabemos hacer, empezando por las que sufrimos nosotros.

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