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La Boca, entre la pobreza y el flash

Los turistas invaden cada día, a partir de las once de la mañana, el pintoresco barrio de La Boca. Las casitas con fachadas de metal pintadas de colores vivos sirven de diana para los objetivos Nikon de los visitantes, repartidos masivamente entre Caminito y la Bombonera. Tras las paredes de lata, sin embargo, se esconde la cruda realidad de uno de los barrios más castigados de Buenos Aires, una ciudad de contrastes dónde el sur abandera la cara amarga del glamour porteño.

Los elevados índices de desempleo, deserción escolar y exclusión social reflejan la situación de pobreza que vive la zona sur de Buenos Aires. La Boca, pese a ser uno de los barrios más atractivos para los visitantes, no se escapa de esa alarmante estadística. Según constatan las organizaciones no gubernamentales consultadas —insisten en que hay que desconfiar del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC)— tres cuartas partes de la población de la Boca vive por debajo del umbral de pobreza. “No siempre fue así”, señala el profesor de historia Héctor Yúnez. Antes de las epidemias de fiebre amarilla, en la segunda mitad del siglo XIX, eran las clases pudientes las que poblaban el sur de la ciudad. Sin embargo, la cercanía al Río Matanza —más conocido como El Riachuelo— principal punto de infección del virus, provocó un traslado masivo de la burguesía al norte de la capital argentina. Sus caserones quedaron vacíos y rápidamente se llenaron de inmigrantes, la mayoría españoles e italianos, que dividieron esos grandes edificios en pequeños departamentos de pocos metros cuadrados, los llamados ‘conventillos’ donde, a día de hoy, malviven familias enteras. Paradójicamente, las fachadas de metal de estas chabolas son el icono más inmortalizado de los turistas.

A unos metros de Caminito, un niño juega en la calle al deporte rey de Argentina. (J.Molina)

Muchos porteños alertan del riesgo que supone pasear por La Boca, sobre todo si se pretende recorrer las calles alejadas de Caminito, reclamo turístico por excelencia. Sin embargo, y más allá de las necesarias precauciones que se deben tomar en cualquier visita, son las iniciativas sociales el reclamo más apasionante que se puede hallar en este histórico barrio. Precisamente esa es la esencia de su figura más representativa, el pintor Quinquela Martín (1890-1977), artífice del tejido asistencial del que hoy goza el barrio. “Le debemos mucho a Quinquela”, cuenta Estela Suárez, trabajadora social de la Fundación para el Bienestar de la Gente (Hernandarias 694), que alberga cada día entre 150 y 200 niños en edad de primaria para comer. “Les ofrecemos un almuerzo reforzado ya que algunos de ellos viven en familias donde no siempre se puede cenar”, cuenta su compañera Carolina Brizuela, una de las diez trabajadoras de la Fundación Social, al margen de una red de voluntarios que imparten clases de refuerzo. Además, un equipo de psicólogos aborda problemáticas de conducta o violencia. Sin embargo, más de la mitad de los proyectos que la Fundación presenta a las instituciones son denegados, según fuentes municipales, por falta de fondos.

El cartón como medio de vida

Entre el caos del tráfico boquense y los perros deambulando medio cojos por las calles se abren paso carros arrastrados por caballos. De su interior, saltan en cada esquina niños a la caza de cualquier tipo de cartón. Son los llamados ‘cartoneros’, que se ganan la vida con la venta de ese material. Se trata de un oficio de subsistencia muy extendido en toda la ciudad, principalmente en aquellos barrios de mayor producción publicitaria, pero es en la sencillez de la Boca, dónde se encuentra uno de sus compradores más fieles y entrañables: la cooperativa Eloisa la Cartonera (Aristóbulo Del Valle, 666).

Un hombre y un niño, ambos cartoneros, al pie de la Bombonera. (J.Molina)

Ocho trabajadores, con escaso apoyo gubernamental, dedican su tiempo a transformar esa materia prima en libros. “Algunos editoriales que simpatizan con nuestra función nos prestan textos, los imprimimos y los adornamos con portadas de cartón, hechas por nosotros”, cuenta una orgullosa Miriam mientras acaba un encargo para una exposición. Cada paquete de cartón se paga a 25 centavos y al día pueden llegar a comprar decenas de cajas que permiten un sueldo ínfimo pero vital para los cartoneros. “Sin colaboración privada, no existiríamos”, añade en Quimi, compañero de Miriam, que presume de ser el autor de algunos de los libros que él mismo adorna. La falta de apoyo público que denuncia la asociación debe enmarcarse en un contexto político de tensión en el que la gestión kirchnerista vive una importante oleada de rechazo. Una gran parte de la sociedad, que el reciente 8 de noviembre reunió a decenas de miles de personas en las calles de la capital, considera populista el método de contratación social de un gobierno que, como en su día las corrientes peronistas —salvando las distancias— despierta odios y pasiones.

El embrión de la iniciativa de La Cartonera tiene nombre y apellido: Santiago Vera, más conocido por su seudónimo Washington Cucurto, que pasó de ser trabajador del Carrefour a un premiado novelista impulsor de un nuevo estilo narrativo, el realismo atolondrado, muy sensible a las problemáticas sociales. Un compañero del trabajo le abrió las puertas al mundo de la lectura y en pocas semanas se convirtió en un devorador de literatura. A la salida del supermercado corría hacia la biblioteca y no salía hasta que le echaban. “Ahí podía saltar de un autor a otro, tenía el mundo adelante”, cuenta Cucurto en una entrevista reciente en La Mañana Neuquén.

Imágenes de la Eloisa Cartonera. A la derecha, Miriam y Quimi preparan un encargo. (J.Molina)

Arte para todos

Los índices de fracaso escolar en la Boca están muy por encima de zonas acomodadas como Palermo, Recoleta o el centro de la ciudad. De ahí que la Fundación Proa (Av. Pedro de Mendoza 1929) escogiera, hace diez años, esta porción de Capital Federal para poner las bases de su proyecto cultural. Andrés Herrera, su responsable de prensa, relata el reto que ha significado para la entidad trazar un circuito de muestras en esta zona. “Ponemos en circulación exposiciones de primer nivel para acercar lo mejor del arte y la cultura al barrio”. La excelencia de las muestras de la Proa dignifica un barrio cuyos vecinos difícilmente son consumidores de arte. Y es que las visitas guiadas para escuelas de la zona pretenden despertar la sensibilidad y la curiosidad por el arte de los muchachos.

Esta es parte de la otra cara de la Boca. Conocida en el mundo entero por ser la cuna del fútbol argentino y castigada duramente por los estereotipos de peligrosidad que circulan por Buenos Aires, que nublan la tarea humana que hay en cada esquina. Una tarea que recoge el legado de Evita Peron, la mujer que cambió el concepto de caridad por el de justicia social en Argentina, pese a las contradicciones del peronismo. Seguramente, quizá la magia de la Boca de hoy tenga que buscar lejos del recorrido del bus turístico y dejarse seducir, como suele ocurrir, por la solidaridad que existe en los rincones más humildes.

 

Reportaje publicado en el semanario La Directa

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