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Enric Pubill y el deber de no olvidar

Enric Pubill

Enric Pubill, en un acto de homenaje a las vícitmas del franquismo

La última vez que coincidí con Enric Pubill fue en el Parlament de Catalunya. El día que condecoraban el colectivo de los Yayo Flautas, hace pocas semanas. Ese día Enric no se quiso perder una cita que, para él, era especialmente emotiva. Como antifranquista convencido que fue, siempre tuvo claro que la lucha por las libertades no acabó con la muerte del dictador. Así que se implicó también en esa lucha. Y no dudó en cederles la pequeña sede de la Asociación de Expresos Políticos de Catalunya que presidía cuando, al filo del 15M, salieron a dar la cara en defensa de sus nietos y nietas.

Ayer por la tarde supimos que había fallecido cuando regresaba en el AVE procedente de Madrid. Regresaba de presenciar ‘La Voz Ahogada’, la obra de teatro que narra la vida en las prisiones franquistas. Tenía 86 años y pese a la edad, su ritmo era incansable. Siempre acudía a todas las llamadas para reivindicar la memoria. La dictadura le había robado su juventud. Pasó cinco años de su vida en la Modelo de Barcelona, y cinco más en el penal de Burgos. Ahí coincidió con otro luchador antifranquista, cuyo nombre nunca ha trascendido, Antonio Molina. Mi abuelo al que no conocí.

Como periodista he entrevistado a Enric varias veces. Primero en Cambio16 y más tarde en Eldiario.es. Supongo que para mí tenía algo de reparador hablar con quien había compartido cárcel con mi abuelo. Además, en la memoria de elefante de Enric no cabían las lagunas. Se acordaba de todo, de lo bueno y de lo malo. De la misma forma que contaba entusiasmado los lazos de solidaridad entre presos, también le persiguió siempre el recuerdo atroz de las humillaciones que le toco sufrir. Como los métodos de extorsión de los temidos hermanos Creix. Antonio Juan y Vicente Juan Creix, dos policías al servicio del régimen que se convirtieron en el símbolo de la más despiadada represión policial. Y a quienes Enric no pudo expulsar nunca de sus pesadillas.

 

Recuerdo a Enric cariñoso, atento, elegante, sonriente… Y radicalmente del PSUC. Habitual de todas las movilizaciones ciudadanas. Férreo defensor de que las izquierdas dejasen de mirarse de reojo para darse la mano y, como se dice ahora, confluir. Y crítico con las derechas. La española y también la catalana, a quien le reprochaba haber retirado las ayudas a entidades como su Asociación de Expresos del alma. Se solía quejar de que los recortes habían dejado en jaque algunas de sus iniciativas, y ponía el ejemplo de la pequeña revista de la asociación, que había pasado de ser en color a blanco y negro.

Paradójicamente Pubill se ha ido un día de esos en que a uno le da vergüenza ajena comprobar que, en según qué asuntos, el Estado sigue anclado en el peor de sus pasados. Horas después de que el corazón de Pubill se parase a la altura de Zaragoza, la Audiencia Nacional condenaba a un año de prisión y a siete de inhabilitación a Cassandra. La tuitera que había escrito 13 mensajes sarcásticos sobre el presidente del Gobierno franquista, Carrero Blanco. El mismo Estado que sistemáticamente se ha negado a reparar las víctimas del franquismo, parece ser que sí puede perseguir y castigar las bromas sobre sus verdugos.

La muerte de Pubill, como hace unos meses la de Marcos Ana, nos recuerda que el paso del tiempo es implacable. Y que la memoria viva de los luchadores por la libertad y la democracia se nos va. Queda su legado, pero se nos van los referentes. Es ley de vida. Enric temía que la Asociación de Expresos decayera tras su marcha. Por eso solía insistir en que preservar la memoria era una cuestión colectiva y no era solamente una lucha de quienes sufrieron la represión en su piel. Que los vecinos de una ciudad bombardeada también estaban interpelados por el pasado. Que debíamos convertir el vacío de tantas generaciones que no conocieron a sus familiares en dignidad y compromiso. En memoria. Que no merecíamos una democracia con pies de barro, crecida bajo un pacto de amnesia.

Precisamente Enric denunció en cada acto el silencio cómplice de la democracia ante la impunidad franquista. Y quiero pensar que la paz que transmitía las últimas veces que le vi tenía que ver con el cambio de ciclo político. Un cambio que, junto al empuje incansable de las entidades memorialistas y de derechos humanos, ha conseguido que alrededor del estado estén surgiendo ayuntamientos valientes que quieren llevar el franquismo ante los tribunales. Barcelona, Pamplona o Vitoria están hoy comprometidas con los valores de ‘Verdad, Justicia y Reparación’. Y han de venir muchas más. Se lo debemos a luchadores como Enric Pubill. “Porque fueron somos, porque somos, serán”.

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