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Lo mejor está por llegar

La noche del siete de enero de 1995 miré a mis padres con incredulidad. Tenía un nudo en la garganta, dolor de barriga y frio en las manos. Nueve años es una edad demasiado tierna para ver el Madrid de Valdano, Zamorano y compañía pisar con crudeza un Dream Team en plena decadencia. El resultado, 5-0, replicaba con efecto boomerang la manita que, un año antes, había endosado a los blancos el Barça de Cruyff en el Camp Nou.

Aquella sensación amarga me sacudió de nuevo anoche, al chocar con los ojos de los niños que me rodeaban en el bar de cabecera donde, últimamente, veo los partidos del Barça. Evocaban una especie de tristeza que, por un momento, te hace perder el mundo de vista y te permite que la locura del fútbol ocupe durante unos instantes un lugar preferente en la vida.

Iván Zamorano, verdugo del Barça en la goleada del 95. A su derecha CR7, ayer.

El Madrid supo imponer el mejor escenario para lucir sus armas, ayer letales. El arbitraje no fue determinante. Ni tampoco el juego del rival fue excesivamente sucio, como en otras ocasiones. Ni siquiera la bengala vergonzante que ardía en la grada provenía de la afición merengue, como se precipitó en pronosticar TV3. No hay excusas. El KO de la Copa es doloroso porque, por primera vez en los últimos años, el Madrid superó al Barça con un resultado amplio. Sin excesivas dificultades.

Hay que salvar distancias y, en ningún caso, comparar el triste declive de aquel mítico equipo con la actual situación privilegiada que vive el club. La maquinaria blanca, institucional y mediática, tiene prisa para hacer realidad el sueño del fin de ciclo azulgrana. Y es precisamente esta precipitación la confirmación más clara de la hegemonía del Barça, sobre todo en cuanto al modelo de club que defiende. Además, la Copa no salva la temporada del Madrid, empeñado en la Décima.

Todo lo que se gane este año tendrá un valor añadido inmenso teniendo en cuenta que la enfermedad de Tito Vilanova ha condicionado el trabajo y el ánimo del equipo. Posiblemente el reto de esta temporada radique en convertir esta circunstancia atípica en el principal argumento de nuestra motivación. Debemos reencontrarnos con nosotros mismos y debemos hacerlo sin la figura del entrenador.

Ayer también jugaban nueve de la casa en el once inicial. El sábado competiremos de nuevo contra el Madrid y, la próxima semana, contra el Milán. Dos equipos de un potencial monstruoso. Y lo haremos, como mínimo, con nueve jugadores de la Masia sobre el terreno de juego. Sin especulaciones, con humildad. Recordando que no hemos seducido el mundo sólo por todos los títulos que hemos ganado, sino por cómo lo hemos hecho. No perdamos la memoria tan rápido y no retiremos nunca la confianza al mejor Barça de todos los tiempos. Lo mejor está por llegar.

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