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El bipartisimo, un reto que hay que superar

Sin sorpresas. Ningún comentario sobre los déficits de la democracia. Y, por supuesto, ninguna propuesta de cómo mejorar la participación de la ciudadanía en la toma de decisiones. Ningún varapalo a los vergonzosos casos de corrupción, que salpican las dos trincheras por igual. Ninguna mención, como es habitual en la España monocolor, a la pluralidad del Estado. Ni a Catalunya. Ni al Estatut y, ni mucho menos, al derecho a decidir. Tampoco ninguna mención a las reivindicaciones del 15-M. Ni alusión alguna al proceso de paz que se inicia en el pueblo vasco y el papel emergente de la izquierda abertzale. Y lo que es más revelador, ninguna señal de autocrítica dirigida a la cómoda burbuja en la que viven inmersas las clases dirigentes, hipotecadas y estériles ante el poder de los mercados, la banca y los monopolios internacionales. Ningún síntoma de reacción ni aire fresco. Más de lo mismo.

Rubalcaba ha reprochado a su rival todo lo que el PSOE no ha sido capaz de hacer en los últimos años de legislatura. Y es que la labor del candidato socialista de desmarcarse de un Gobierno del que ha sido vicepresidente y que ha seguido, en demasiadas ocasiones, un guión contrario a su propio programa era del todo surrealista. Las pocas gotas de credibilidad: la defensa de los matrimonios homosexuales -donde el PSOE sí se mojó- y en la lealtad en la política antiterrorista. Uno de los pocos capítulos de entendimiento entre ambos aspirantes. El error, dirigirse a Rajoy más como futuro presidente que como rival político. El pescado está vendido y eso pesa en el subconsciente de Rubalcaba.

Por su parte, Rajoy ha callado todo lo que piensa hacer el PP. Y el verbo “hacer” para la derecha y en época de crisis quiere decir “recortar”. Catalunya -como Valencia, Madrid o Castilla La Mancha- es un buen ejemplo de lo que pasará en España cuando el PP se instale en el poder. Rajoy ha hablado sin precisión, con obviedades y con argumentos pueriles más cercanos al reproche que a la originalidad. Su mirada inquietante y sus confusiones con el nombre de su contrincante -se ha referido a Rubalcaba como Rodríguez Rubalcaba- las notas más distraídas del discurso previsible de un líder demasiado moderado para el sector duro e intereconómico de los populares.

En el cuerpo a cuerpo y en clave esencialmente analítica no hay nada que decir. Rubalcaba es más hábil, más pillo y más incisivo que Rajoy que, esta vez, ha sabido aguantar los mordiscos de su rival con la prudencia que le han mandado sus asesores, conscientes de que la partida está ganada. Los cinco millones de parados bajo paraguas socialista no hay campaña que lo arregle. Y los populares no han tenido que arriesgar. Esta vez no había que invocar ninguna niña -la niña de Rajoy- que pudiera cargar la munición socialista.

En definitiva, los dos grandes partidos a nivel estatal navegan en un mar diferente que la mayoría de los mortales. Siguen llamando “crisis” a lo que es, sin lugar a dudas, el primer aviso de la obsolescencia de un sistema desigual y perverso. La sensación es de impotencia. Impotencia al ver cómo el sacrificio de mucha gente que murió por la democracia se va al garete por unos dirigentes -la mayoría- más preocupados por las butacas del Congreso que por los jóvenes desempleados, desaparecidos en todo el debate. Superar el bipartidismo español y la necesidad de incluir nuevas tonalidades en el mapa político es hoy uno de los grandes retos de la ciudadanía, que tiene que hablar en la calle y las urnas.

 

Artículo de opinión publicado en Eldebat.cat -ver aquí- a raíz del debate entre Rajoy y Rubalcaba el pasado 7 de noviembre

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